Burshatin, Israel. "The Moor in the Text: Metaphor, Emblem, and Silence." Critical Inquiry 12.1 (1985): pp 98 - 118
Desde los principios de la literatura española el personaje del moro ha ocupado un lugar central. La representación del moro no es siempre negativa pero lo que sí siempre representa es “el otro”, sea belleza exótica, herejía o un caballero honrado. En su ensayo, “The moor in the text: metaphor, emblem, and silence”, Israel Burshatin, expone las distintas caras que le toca al moro en la literatura peninsular. Así que la historia cultural entre los moros y los cristianos es tan variada y complicada, los muchos matices dentro de la representación mora en la escritura no debe sorprendernos. No obstante, la literatura da al lector otro óptico tras lo cual es posible ver la relación entre el mundo cristiano y moro y aún los momentos en que sus culturas mezclan para crear una realidad heterogénea. Tras una lectura profunda la paradoja entre el “buen moro” idealizado y “el mal moro traidor” es una de las preocupaciones inquietantes de la época que persiste en el consciente del lector. Burshatin examina la representación de los moros en tres obras importantes en la historia de la literatura española: El Canto de mío Cid y la Crónica sarracina.
En El Cid, el moro o morisco, existe con el único propósito de dar honra al conquistador (El Cid). Aunque su función es uno, alabar la fuerza y altura del hombre hasta crear un especia de dios, el autor cumple su meta con representar al moro de dos diferentes modos, el idealizado o el débil descendiente de Ismael. Cuando el moro está idealizado, en ese instante un oponente fuerte e honrado, la victoria del Cid es tanto más honorable y los bienes que gane tienen mucho más valor por haber vencido a un enemigo tan digno. En contraste, otra escena en El Cid muestra el conquistador viendo una batalla por encima de la muralla de un castillo. Los cristianos vencen fácilmente a los moros quienes se convierten en ganado, gritando “Mafomat”. En ese instante, los cristianos vencen a un enemigo inferior, incapaz de acercarse a las alturas que ellos mismos han alcanzado.
Aparte de la otredad de la representación mora en El Cid, también existe esa otredad en la Crónica sarracina. Ese relato cuenta la historia del rey Rodrigo, el último rey Visigodo de España. Rodrigo trae destrucción a España, justo cuando estaba en punto de entrar en un siglo de oro, a causa de su orgullo y lujuria. Quiere saber todo y cree que es más poderoso que todos sus antepasados, aun Hércules, el “fundador” de España. Rodrigo burla al destino y a una joven mora que se llama La Cava. Como resultado de los pecados del rey, el orgullo y la lujuria, los moros invaden a España y Rodrigo pierde su reino. Los moros están representados como traidores, el padre de La Cava pide a los moros del norte de África de atacar al país como manera de vengarse contra Rodrigo por la pérdida de la honra de su hija. También, tras el personaje de la Cava, están representados como una gente sumamente bella y misteriosa. En todo caso, el moro es el otro.
Burshatin mantiene que la paradoja existiendo en la literatura española entre el moro idealizado y lo despreciado no es el elemento inquietante. La pregunta importante es el sentido detrás de la presencia del moro idealizado. Dividió la respuesta en dos campos, el “estético” y el “social”. Para Burshatin, los del campo estético presentan el moro idealizado con la doble meta de mostrar la generosidad del alma español. La manera admirable en que los españoles fueron capaces de olvidar su pasado problemático. A diferencia de este punto de vista hay el campo “social” mencionado por Burshatin. Este campo busca suavizar los malos sentimientos de los mariscos hacia la cultura popular por presentar la idea de una pasada relación entre cristianos y moros como convivencia pacífico.
Es curioso porque la presencia de casi 800 años de los moros en España ha dejado numerosas huellas en la cultura que se han asimilado hasta el punto de olvidar su origen. en tantos años debió de haber desencuentros pero también encuentros, y eso quizás agudiza el sentimiento de paradoja entre el moro idealizado y el moro demonizado (los dos son bastante extremos y no muy realistas). ¿Cuál sería el lugar de Ricote (Cervantes) en esta teoría?
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